Por Pedro Aguayo de Hoyos
Profesor del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada
Pubicado en la revista El Genal en junio de 2000
http://www.elgenal.com/index.htm (URL off line)


  La Serranía de Ronda es una zona eminentemente montañosa, montañas que en su mayoría son formaciones calizas, por lo que los trabajos de investigación sobre su prehistoria han ido siempre encaminados al conocimiento de sus numerosas cuevas, entre las que destaca la cueva de la Pileta en Benaoján, descubierta en 1905 por José Bullón Lobato, propietario de la tierra, con el conocido conjunto de pinturas parietales o rupestre estudiadas ya por Hugo Obermaier, el Abate M. Breuil y W. Vernet, a comienzos de siglo en 1915, en la primera obra sobre la cueva y sus pinturas: «La Pileta à Benaoján (Málaga, Espagne)» publicadas por el Instituto de Paleontología Humana de Mónaco. Como consecuencia de esta primera publicación y de la popularización de la cueva y, en especial, de sus notables y numerosas pinturas prehistóricas, en el mundo de la ciencia, fue declarada como Monumento Nacional ya en 1924. Las exploraciones de la cavidad y de los restos arqueológicos continúan a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX, apareciendo a partir de 1950 las primeras publicaciones de autores españoles, comenzando por Simeón Giménez Reyna, que tras una excavación arqueológica en la Pileta, publicó la única estratigrafia arqueológica del yacimiento, con restos materiales de epoca postpaleolítica. A partir de los 50, todos los autores que se han ocupado de la cueva, Francisco Jordá, Eduardo Ripoll o Javier Fortea o el matrimonio Dams,  lo han hecho en relación con el conjunto de sus pinturas, aunque el estudio más reciente y más detallado lo ha llevado a cabo, en 1985, José Luis Sanchidrián y su equipo, publicado en la Revista de Arqueología en sus números 66 y 117, entre otras publicaciones más especializadas.
 

 Siguiendo los trabajos de J.L. Sanchidrían, en la Pileta puede encontrarse más de 300 mts. de galerías subterráneas decoradas con pinturas, desde simples trazos a conjuntos complejos de figuras y signos, con 463 puntos concretos donde se localizan más de tres mil motivos individualizables. Los motivos pictóricos se pueden dividir en dos grandes conjuntos: los paleolíticos, figuras zoomorfas (81) y signos abstractos, conocidos como ideomorfos, ya que se supone representan ideas que nos son desconocidas; y los posteriores al paleolítico, figuras y signos esquemáticos.
 Las pinturas paleolíticas representan caballos, cabras y bóvidos salvajes, ciervos, y peces, en tonos amarillos, rojos y negros, con algunos matices, siguiendo la serie cronológica de utilización del color de más antiguo a más reciente. Todo este conjunto pictórico puede fecharse entre las etapas del Paleolítico Superior conocidas como Solutrense y Magdaleniense, entre el 15.000 y el 9.000, distribuidas por toda la cueva menos en las galerías de las Grajas, antiguo acceso a la cueva y la galería de la Reina Mora, donde sólo encontramos signos y esquematizaciones posteriores al Paleolítico. Los signos e ideomorfos paleolíticos son muy numerosos y entre ellos destacan formas serpentiformes, espirales, ovaladas o cuadrangulares, series de puntos y líneas o trazos rectos pareados. Junto al importante conjunto de pinturas se encuentran grabados paleolíticos, mal conocidos hasta ahora. 
 Sobre el sentido o significación de estas pinturas rupestres mucho se ha escrito y especulado a lo largo del siglo, sin que pueda darse una explicación consensuada de las razones que llevaron a su realización y a la elección de lugares de tan difícil acceso como las cuevas y los recovecos tan recónditos donde se ubican algunas de estas pinturas. La utilización del término santuario, usual en los estudios de «arte rupestre», sugiere un sentido mágico-religioso o, simplemente, como manifestación artística, sin que podamos saber la última intención de los que realizaron las pinturas. Nosotros queremos aquí referirnos a quiénes eran las gentes que realizaron estas representaciones. Se trata de bandas de cazadores-recolectores, con una amplia movilidad territorial, que complementaban, a lo largo del transcurso de las estaciones, sus recursos alimenticios entre los animales y vegetales de las altas tierras y sus valles de las sierras béticas y subbéticas de Málaga y Cádiz y los recursos marinos del Mediterráneo de la bahía de Algeciras, tan cercana al sector occidental de las Cordilleras Béticas. La representación de grandes herbívoros y el numeroso grupo de peces (16), sugieren esa complemen-tariedad de sierra-mar, entre la que se movían estos grupos de forma estacional, en pos de sus piezas de caza más frecuentes. Un dato muy curioso y único, que viene a confirmar la frecuentación de las costas meditarráneas, es la representación de una posible foca, en negro, en el interior del gran pez dibujado en el panel principal de la sala del Pez, que nos remitiría al conocimiento de esta especie de mamífero marino (focas monje), presente en aquellos momentos en el Mediterráneo y Atlántico, donde fueron vistas y, quizás, cazadas por estas poblaciones en esos desplazamientos entre la sierra y el mar.
 

El conjunto de representaciones pintadas esquemáticas y signos posteriores al Paleolítico resultan un conjunto muy homogéneo, por el uso exclusivo del color negro, de aspecto grasiento, debido a la grasa animal que servia para la fijación del carbón usado para pintar, y por la repetición de signos y representaciones, compuestas por motivos reticulados, escaleriformes, zig-zag, ramiformes, angulares, puntiformes o pectiformes (en forma de peine). Los más abundantes son los en forma de peine, simples y compuestos, y los más escasos, apenas uno o dos ejemplares, las representaciones solares y antropomorfas (figuras humanas), muy esquematizadas. Distribuidas por toda la cavidad, con un total de más de 300 representaciones, ocupan lugares muy recónditos y totalmente alejados de las zonas a las que llega la luz natural, siendo La Pileta la cueva con el mayor numero y variedad de representaciones de este tipo, esquemáticas, de las conocidas en la Península Ibérica, ya que este tipo de pinturas parietales son mucho más comunes en abrigos y paredes rocosas de muy poca profundidad, casi al aire libre o muy bien iluminados por la luz solar. La fecha que podría asignarse a  este grupo de pinturas seria el que se otorga al Fenómeno Esquemático Peninsular entre el Neolítico y la Edad del Cobre, es decir entre el quinto y el tercer milenio antes de Cristo, por el parecido de los motivos representados en las pinturas esquemáticas y las decoraciones realizadas en las cerámicas neolíticas, tan abundantes en la Serranía de Ronda y en la propia cueva de la Pileta, o en algunas vasijas más recientes, como las de Los Millares en Almería, ya en la Edad del Cobre. En el caso concreto de las representaciones esquemáticas de la Pileta están más cerca  de las decoraciones de las vasijas neolíticas que de las más modernas, por lo que las fechas más aceptables podrían situarse en le quinto y cuarto milenio antes de Cristo. 
 

 Si resulta complicado entender el sentido último de las pinturas Paleolíticas, mucho más las Esquemáticas, cuando ni siquiera, en la mayoría de los casos, sabemos lo que representan. Siguiendo la reciente Tesis Doctoral  de Julián Martínez, dedicada a las pinturas esquemáticas en la Península Ibérica, podemos entender las pinturas rupestres, en general, y las Esquemáticas, en particular, como un producto social, que reflejan un sistema complejo de relaciones sociales, es decir la organización social de las poblaciones que las realizaron, las relaciones territoriales o la manera de organizar y controlar sus territorios y las relaciones económicas o forma de explotar los recursos de esos territorios, a través de un código de signos, a modo de escritura ideográfica, que encontrarían su significación en el contexto de la propia sociedad que los produce y en relación con otros grupos sociales con los que se relacionan.
 Quizás, lo menos conocido de la cueva de la Pileta, son los restos que testimonian una ocupación como lugar de hábitat y necrópolis, a lo largo de todo lo que conocemos como Prehistoria Reciente (Neolítico, Edad del Cobre y la Edad del Bronce), desde el quinto al primer milenio antes de Cristo. Estos restos fueron desenterrados por Simeón Giménez Reyna en una intervención arqueológica realizada en la sala izquierda de la actual entrada a la cueva, con un relleno de más de seis metros de profundidad, en los que destacaban el relleno correspondiente al Neolítico, con cerámicas decoradas, útiles de piedra pulimentada y de sílex tallado, huesos trabajados, adornos de piedra y conchas marinas, y los estratos correspondientes a la Edad del Bronce, con gran cantidad de fragmentos de cerámicas lisas, correspondientes a vasijas de variadas formas, siempre utilitarias o de cocina, consumo y almacenamiento y un reducido, pero muy interesante, lote de útiles y herramientas en cobre y bronce, entre otros restos. Estos restos indican un uso de la zona próxima a la entrada de la cavidad como lugar para un hábitat de carácter estacional, tal vez relacionado con el uso de la cueva por parte de comunidades de pastores y de cazadores postpaleolíticos. Junto a esta ocupación de las proximidades de la entrada, donde la iluminación natural es todavía suficiente, en la galería del Castillo y de las Grajas, se encuentran zonas, poco accesibles, utilizadas como lugar de enterramiento, con rito de deposición de inhumaciones individuales, constituyendo necrópolis tanto del Neolítico, como del Bronce, de las que se han recuperados abundantes restos humanos y elementos materiales del ajuar, conservados en su mayoría en el museo arqueológico provincial de Málaga.
 Un hecho también poco conocido es el hallazgo de restos humanos en el fondo de la Gran Sima Terminal, al fondo del recorrido total de la galería central de la cueva, a unos 500 metros de la entrada, y en una caída vertical de 50 metros. Las circunstancias del hallazgo parecen indicar que estas personas cayeron o fueron arrojados vivos al fondo de la sima, donde no llega ningún tipo de iluminación natural, y que alguno sobrevivió a la caída. En su desesperación por tratar de salir del fondo de la trampa mortal, sus huellas embarradas quedaron impresas en la resbaladiza y vertical pared de la sima, para terminar muriendo de inanición. Es difícil saber si estamos ante accidentes fortuitos o se trata de algún rito o ceremonia religiosa, que incluiría el sacrificio de algunas victimas vivas arrojadas al vacío como ofrenda. Tampoco sabemos a que época pertenecen estos restos humanos, si corresponden a las poblaciones Paleolíticas que, por ahora, sólo accedían a la cueva para realizar las pinturas, o a las poblaciones de la Prehistoria Reciente con un uso más variado de la Pileta como lugar para pintar, vivir y como necrópolis de sus muertos.
 

 Para terminar, queremos señalar la excepcional importancia de la Pileta, como la cueva con pinturas rupestre, tanto Paleolíticas como Postpaleolíticas, más abundantes y de mejor calidad del área meridional de la Península, además del mal conocido uso como hábitat y necrópolis, pero con un problemático estado de conservación y un inexistente control sobre un Patrimonio tan exclusivo como este, por parte de la administración autonómica, única responsable, según nuestra legislación patrimonial, de velar por la integridad y buen estado de conservación de todo nuestro Patrimonio histórico y artístico. Por ello, reclamamos desde aquí una decidida intervención de la administración autonómica, que palie la falta de medios de control y conservación de la propiedad privada, que explota turísticamente la cueva, y ordene y controle la cantidad y periodicidad de las visitas soportables por un monumento del delicado equilibrio de la Pileta, en cumplimiento de la misión que le encomienda nuestras leyes.



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